EL ALBUM

“Anochecer con el album de fotografías”
T. S. Eliot

“El Pueblo” del sábado 26 de noviembre de 1938 anunció en su Noticiero Marítimo la llegada al puerto de Montevideo del paquebote “Mendoza” para las 19 horas. La información había sido publicada previamente por “El Día”, “El Plata” y otros diarios de la época. La noticia no expresaba nada singular: en un puerto –lo de ciudad más importante del país es secundario- el movimiento de barcos era tan importante como arriesgar las previsiones de Meteorología y los pronósticos de las carreras de caballos. Simple información que los cronistas confirman desganadamente a través del teléfono mientras fuman un toscano maloliente.

Es probable que el “Mendoza” haya atracado en el muelle a esa hora, minutos más minutos menos, como había sido estimado con mucha anticipación por la Société Générale de Transports Maritimes à Vapeur. Ya se sabe que las maniobras son complicadas pero a juzgar por la ignorancia del hecho que muestran las ediciones del día siguiente, cabe suponer que el paquebote arribó sin ningún tipo de contratiempo. Los años han borrado los registros en Migraciones –una mala metáfora para indicar que los legajos deben estar sepultados por el polvo (ó quizás, pulverizados por una impelente humedad) en algún ignoto depósito- y no se sabe cuántos pasajeros decidieron recalar en Montevideo.

El “Mendoza” tiene algo de misterioso, de barco vergonzante destinado a traer refugiados ó viajeros incalificables que, mejor sería, continuaran viaje hacia Buenos Aires. Es francés y en lugar de partir de Marsella ó El Havre, sale de Génova. Sus agentes locales -Navifrance Cía. Fco. Sud-Americana de Comercio Marítimo en la calle 25 de Mayo 350- lo eximen de los avisos pagos; figuran sí, su gemelo, el “Alsina” y también el “Florida”, mucho más lujoso y por consiguiente, más caro, que hacen el recorrido regularmente entre Francia y el Río de la Plata. En cambio, los alemanes, con puntualidad que agradecen genuflexos los administradores de los diarios siempre ávidos de engrosar sus magras economías, no olvidan un solo día de inventariar los itinerarios de su flota con los barcos que parten desde Hamburgo. También los italianos, aunque sin dispendiar en avisos inútiles, con sus presuntuosos “Conte Grande”, “Conte Bianco" y otros. Y, esporádicamente, pero con notoria agresividad, la American Republic Line emula a los europeos con las incursiones de sus transatlánticos “Uruguay” y “Brasil”.

Quizás sus agentes piensen que no vale la pena publicitar un barco que cobra por la travesía 785 ReichsMark en primera, RM 535 en segunda, 315 en cabina de tercera y 250 en Wohndeck, o sea el precio por viajar en la cubierta. Mucho mejor, hacer conocer al “Florida” o al “Campana” que cuestan más de RM 800, por no hablar del “D. Massilia”, el más lujoso de todos y el más interesante para los armadores: RM 1.020. Pero estas son cavilaciones que nadie hace en el momento.

Mientras los viajeros ingresan al recinto aduanero, de gruesas paredes que protegen de la temperatura aún agobiante, el periodista no piensa en el futuro y poco le importa precisar ciertos datos, como por ejemplo, el número de pasajeros, las nacionalidades, el sexo, las edades. Ignora que sesenta años después esas páginas, ya vulnerables y amarillentas, serán consultadas en busca de más datos, posibles claves para entender un boceto de historia. O de una historia, porque en esa época, historia de vida, es una expresión que ni siquiera adivinan los más pretenciosos estudiantes de la disciplina. Pero él no quiere pensar en el futuro. Distraídamente, lee el título a nueve columnas de la primera,

“EUROPA CENTRAL AGITADA”

Como periodista –ni brillante, ni avezado, por algo lo han destinado a ser cronista general- sabe que la noticia es de la madrugada, cuando el secretario de redacción cierra la edición de “El Pueblo”. Ahora toma la portada del vespertino y piensa que lo mejor es acabar rápidamente con el trabajo (total, los sábados son siempre aburridos, se dijo como disculpándose) para llegar a la última función del Metro donde acaban de estrenar “Ruge la multitud” con Maureen O'Sullivan y Robert Taylor. “El Plata” publica, también a nueve columnas y dos líneas,

“A pesar de lo de Munich, Europa continúa en peligro de guerra”

Los pasajeros inician los tediosos trámites, presentan pasaportes o mejor dicho, documentos provisorios con visas otorgadas por cónsules venales que han exigido dinero, algo de oro, siquiera una alianza. Ahora buscan el equipaje, valijas, pesados baúles, recuerdos que han podido trasladar junto a la franquicia de los doscientos kilos por persona. Nadie se pregunta por el futuro ni por el tiempo de permanencia en un país que descubrieron deambulando por mapas cuando los ingleses negaron el permiso para emigrar a Palestina. Estados Unidos negativo, México ni pensar (estaban todavía en sus hogares cuando el 2 de noviembre la prensa informó con indisimulable entusiasmo que Lázaro Cárdenas había prohibido que un barco con 18 judíos amarrara en Veracruz). Pero todos hablan de Süd-Amerika. En Krefeld, Josef Waldbaum, el propietario del Reisebüro que atiende a las poblaciones del Ruhr cercanas a Essen, entre otras a la diminuta Dinslaken, y que sabe que sus comisiones se multiplican inesperadamente, aconseja una ciudad llamada Montevideo, no por conocerla sino porque desde Düsseldorf, la otra ciudad próxima, “amigos” (dice) han avisado que el cónsul en Génova es sensible (en realidad dijo “Er ist ganz nett”, muy simpático y luego, largos puntos suspensivos ) a las urgencias de los viajeros. En otro momento, hubieran reaccionado ásperamente ante la información, pero ahora no había otra opción que aceptar el servicio de Herr Waldbaum y apuntar en un cuaderno de tapas duras: 12 Via San Luca, muy cerca de la filial de la Société Générale; ya iban a encontrar el despacho consular.

El periodista, por fin, en la calle apura el tranco tratando de vencer las limitaciones impuestas por el exceso de kilos y el calor. El intento dura un par de cuadras (hombre de carácter, masculló con una sonrisa sardónica) y totalmente empapado por el sudor, entra a un bar a tomar la primer cerveza de la jornada. La película del Metro quedará para otro día. Mejor calmar la sed, descansar y hojear “El País” de la víspera. Él, mejor que nadie, sabe que los periódicos no se escriben para la eternidad; si tiene el ejemplar entre sus manos es por una razón de simple economía: los viernes descansa y no hay pretexto alguno para que los compre. En la página 6 se detiene en dos fotos y lee:

“NUMEROSA Y ENTUSIASTA FUE LA CONCENTRACION ANTIFASCISTA REALIZADA ANOCHE EN 18 Y AGRACIADA”

Pero el sábado, especialmente a esa hora, es para aflojar las tensiones, distraerse un poco sin pensar en el trabajo ni en nada. Revuelve sus bolsillos y encuentra un recorte: “Espectáculo del vidente Caronte en el Teatro 18 de Julio: números de magia y telepatía. Clarividencia, concentración mental, retención de recuerdos.” Retención de recuerdos, que sería eso, se preguntó. El vidente había debutado en Montevideo en octubre, el 23 y desde ese momento el público no contuvo la curiosidad, no se sabe si por “Kamamura, la maravilla japonesa” o por las hazañas del prestidigitador: “Caronte, que trabaja delante del público y a toda luz, mostrará cómo él ve sin necesidad de los ojos, describiendo a los presentes y mencionando acontecimientos de la vida de cada uno; transformará luego su cuerpo en una broadcasting del más allá, haciendo surgir de sus manos, voces, músicas, ruidos extraños, llantos y lamentos; continuará con una maravillosa experiencia en la que atraerá sonidos por intermedio de su violín mágico, y finalizará demostrando poseer dos cerebros en un acto realmente sorprendente”.

Son alemanes, austríacos, checoeslovacos, rumanos, unos pocos italianos. No son turistas. Están huyendo, saben o les han convencido del peligro y buscan un lugar con algo que se parezca a un espejo de tranquilidad, sin los sobresaltos crecientes, las incógnitas del día siguiente, el miedo perpetuo. Durante los veinte días de la travesía no han tenido la suerte (¿o la desgracia?) del periodista de estar al tanto de lo publicado el día 10 por “El Plata”

“EN ALEMANIA FUERON ASALTADOS TODOS LOS LOCALES DE JUDIOS”

ó al día siguiente por “El País” en la página 2

“Se desencadenó en Alemania una ola de violencia contra los judíos”

ó un cable de United Press que el periodista –cubriendo el descanso del colega de cables- ha titulado:

“BRUTAL PERSECUCION JUDIA HAN INICIADO HOY LOS NAZISTAS”

y que la hoja recién arrancada del teletipo dice textualmente:

Berlín, 12 (U.P.) El Ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, dio un decreto prohibiendo de ahora en adelante, la concurrencia de los judíos a los teatros, conferencias, conciertos, cinematógrafos, bailes, recitales y museos”.

Cuando está por cerrar la página, llega un aviso de “López y Señora: Aprenda a bailar” que debe ser incluido –la caligrafía imperativa del administrador no deja un resquicio para la duda; las malas lenguas dicen que la señora López intenta mejorar, infructuosamente, la torpeza de sus desplazamientos para lucirse, torpemente, en los Dancings de la ciudad- y hay que volver a diagramar, dejando afuera alguna noticia. El tiempo apremia y resuelve sacrificar a Tyrone Power, que está en Lima, rodeado de admiradoras; igual viene a Montevideo después de Buenos Aires.

El “Mendoza” tiene también un salón de baile que es resultado de la transfiguración del comedor después de la cena. Los viajeros han concurrido las primeras noches pero todo se vuelve reiterativo en el paquebote, los mismos ritmos, las mismas piezas ejecutadas todas las noches del año. Han aprendido el crudo significado de “el día tiene veinticuatro horas”, por más que la vida a bordo tiene una rutina diseñada para disimular el tiempo, marcada por las cuatro comidas, las caminatas por la cubierta, los juegos de salón. En el paquebote han dibujado amistades efímeras, se han contado historias sin inventarlas, sin necesidad de mentir o de ejercitar la imaginación, con el único fin de llenar las horas vacías y paliar la monotonía del Atlántico, sabiendo anticipadamente que cuando llegaran ninguno recordaría el nombre del otro. Por eso, cuando el “Mendoza” se acercó a la línea ecuatorial y el capitán convocó con la sirena ensordecedora para la fiesta, brindaron y bailaron (ahí sí y con ganas) mojándose unos a otros, como queriendo lavar para siempre, con una bendición pagana, un pasado que les iba a seguir pesando.

Habían embarcado en Génova el 6 de noviembre y el día permaneció en la memoria de los pasajeros como una de esas fechas que se recuerdan para siempre. En Berlín, consignó ese día “El Plata”

“Habló hoy en Weimar, Hitler”

Pero para miles de españoles esa fecha quedaría también grabada como el inicio de una derrota ineluctable:

“LA RETIRADA ROJA EN EL EBRO”

tituló “El Pueblo” en su portada. En la víspera, el vespertino se había referido a la contienda titulando

“EN LA TERRIBLE LUCHA DEL EBRO LOGRA VENTAJAS EL Gral. FRANCO”

Las aspiraciones del periodista se vieron súbitamente truncadas por Tyrone Power. Quería hacer una buena nota que lo distrajera de la rutina, para la que se venía preparando con fruición, recopilando datos de su filmografía, encarpetando recortes que señalaba con un lápiz rojo declaraciones del actor y comentarios de terceros sobre su célebre existencia. Pero, a último momento, Tyrone resolvió suspender su escala en Montevideo, informado, quizás, que el exotismo que perseguía en ese viaje de placer, estaba en las playas de Río de Janeiro.

Europa estaba convulsionada, sin duda, y la ansiedad de los pasajeros recién se aplacó cuando el “Mendoza” soltó amarras y lentamente comenzó a surcar las aguas del Mediterráneo. Al cabo de unas horas el puerto y sus luces se convirtieron en puntos luminosos de una invisible costa, alejándose de la bulla de los italianos a los que el Duce habían instado tres días atrás a estar siempre alertas, “dormir con la mochila” dijo. El tan buscado silencio fue un proyecto acuñado en sus mentes desde que el tren se detuvo en Génova acallando el ruido de las vías violentadas por las ruedas de los vagones que habían cruzado Alemania, un codo de Austria, el norte de Italia. Sin embargo, el silencio seguiría siendo un proyecto ahora que las bielas del paquebote hacían sentir el transcurrir del tiempo como el tic tac de un reloj de pared.

Mientras se acercaban a la costa africana, en Montevideo un diario informaba que

“ALEMANIA EXCLUYE A LOS JUDIOS DE LA VIDA NACIONAL”

 

“Los nazis impusieron ayer a los judíos una serie de restricciones económicas y culturales sin precedentes históricos”

Pero los pasajeros no se enteraron. En Montevideo, los lectores de “Mundo Uruguayo” estaban al tanto de algunos pensamientos de Goebbels. “Si los no-nórdicos son más cercanos a los monos que a los nórdicos, ¿por qué es posible que ellos puedan procrear con los nórdicos y no con los monos?” Al día siguiente harían escala en Dakar pero ya les habían advertido que era difícil conseguir periódicos. En el barco bebían y comían –vino tinto o blanco, limonada, la cerveza no figura en la carta, una variedad de platos para el almuerzo y otra para la cena que ya se volvía monótona luego de haber descubierto el disfraz de los largos nombres en francés- ignorando por supuesto lo que “El País” de Montevideo –esa ciudad difícil de imaginar para ellos, ¿tendría palmeras? se preguntaban- publicaba en su primera el día 14:

“SOLO EN FORMA CLANDESTINA PUEDEN ADQUIRIR ALIMENTOS LOS SEMITAS EN ALEMANIA”

Los pasajeros del “Mendoza” desconocen que Montevideo tiene 693.977 habitantes –datos divulgados semanas atrás con los resultados del último censo - y que en el Parlamento los diputados discuten un proyecto para reglamentar la inmigración, violentamente atacado por el editorialista de “El Plata” debido a su “esencia antisemita”. A regañadientes el director de “El Pueblo” ordena al periodista una cobertura moderada de las sesiones del Palacio Legislativo. El paquebote ya habrá iniciado la larga travesía del Atlántico cuando “El País” del 16 de noviembre informe:

“EL TEMPLO MASONICO DE MERCEDES FUE ASALTADO POR JOVENES FASCISTAS”

 

"Son los mismos del atraco al Centro Socialista que se perpetró en enero de 1937"

No se enteraron; tampoco de lo que estaba sucediendo en tierras que se iban distanciando cada vez más, ancladas –por ahora- en la memoria del mismo modo que en alguna parte cargaban afectos y una lengua, la única para hablar, que habían aprendido a detestar y los llenaba de vergüenza:

“VIVEN TEMIENDO LA DETENCION DE LOS JUDIOS ALEMANES”

 

ALGUNOS VIAJAN CONSTANTEMENTE PARA ELUDIR EL ARRESTO, OTROS ESTAN REFUGIADOS EN CASAS DE EXTRANJEROS O DE ALEMANES “ARIOS” AMIGOS”

El “Mendoza” necesita de siete días y ocho noches para arribar a Santos, el primer puerto de la costa imaginada, Süd-Amerika exclaman; siete días y ocho noches de mar al que no saben leer sus secretos –no hay pescadores ni poetas entre los pasajeros- y que ellos vislumbran desde el tedio, según su apariencia calma o agitada, el color azul pleno o manchado por las nubes que se reflejan. Ya se habituaron a los mareos -ó dicho de otro modo, ya se acostumbraron a no marearse-, y conviene apaciguar la ansiedad, inventando algo, elaborando historias, si pudieran hacer alguna manualidad, que el día es bien largo como ya se vio, a pesar de las cuatro comidas.

...porque los pasajeros conservan los últimos periódicos comprados en Génova y de allí saldrá la tipografía, cortando letra por letra, total tiempo es lo que sobra...

Uno de ellos se encierra en su cabina, abre la maleta más pequeña –la que tiene la ropa y lo imprescindible para la travesía- y busca una caja de cartón. Las fotos para recordar, la madre, el padre, la familia, la hermana; los que quedaron allá en la cada vez más lejana Dinslaken. También amigos, algún folleto. No se explica por qué ha traído un rollo de papel calco –quizás pensaría dibujar el molde de un traje, él que fue aprendiz de sastre- pero en ese momento no está interesado en encontrar una explicación satisfactoria. Tijera tiene, por supuesto; recuerda que en el bolsillo lleva una pequeña agenda –donde anota minuciosamente las escalas del itinerario- que puede ser de gran utilidad y el único escollo a vencer, es encontrar un pegamento. Se decidió en la cubierta mientras conversaba con Trude y Leo: con las fotos irá a confeccionar un album y recortará los días de la agenda para incluir un diario de viaje, desde que partieron hasta que arriben a destino. Mentalmente ya tiene el título, “Auf Reisen”, “De viaje”, y se va a ingeniar para hacerlo porque los pasajeros conservan los últimos periódicos comprados en Génova y de allí saldrá la tipografía, cortando letra por letra, total tiempo es lo que sobra. Hacerse de una regla no es problema porque puede usar el canto de una mesa del comedor, marcar las líneas en el papel con el lápiz y luego trabajar tranquilamente en la cabina. El lío es cómo hacer para pegar todo; no puede ir a ninguna papelería a comprar un frasco de goma y pedir esa minucia al capitán le parece exagerado; además es tímido, además no habla francés. Piensa y recuerda una solución que utilizó cuando iba a la escuela y en la casa no había dinero para esos lujos: conseguir harina, usar el vaso del baño, el que utiliza para enjuagarse la boca. ¿Pero, cómo llegar hasta la cocina? ¿Cómo establecer la imprescindible comunicación con uno de los ayudantes? ¿Qué podría ofrecer él a cambio de un puñado de harina?

El periodista de “El Pueblo” también recorta. Siempre inicia la jornada encerrando con círculos rojos y azules –los colores son para diferenciar a golpe de vista el nivel de interés- aquellas notas que le pueden servir como material de consulta para futuros encargos y que pega en hojas blancas que irán a parar a distintos sobres ordenados alfabéticamente en un archivador de madera. Un periodista no necesita talento –piensa-, sólo escribir razonablemente bien y tener información, mucha información. Hoy encontró un suelto en un vespertino sobre el viaje del general Ventura, hasta hace poco comandante en jefe del Ejército, a una cabaña de Río Negro para comprar reproductores Hereford. La nota dice que don Julio Stirling recibió al general y a su hijo Lindolfo, en la portera de ingreso a Rincón de Francia.

¿Qué podría ofrecer él a cambio de un puñado de harina? Recordó su colección de sellos y eligió algunos ejemplares repetidos, nada raros para alguien que supiese de filatelia. Cuando llegó a la cocina, ya habían terminado extenuados la jornada del almuerzo y la gente apuraba la limpieza de platos, fuentes, cubiertos, copas, las enormes ollas, coladores, cucharones y sartenes para refugiarse por un par de horas en los camarotes, antes de regresar a preparar –como todos los días- los Haricots Verts Sautés au Beurre y los Canetons Braisés Forestière que estipulaba el menú de la Société Générale de Transports Maritimes à Vapeur para la cena. Un corso, un poco más alto que la escoba con la que barría, lo descubrió ahí parado en la puerta de acceso. Le hizo un gesto con la cabeza como preguntando ¿Qué quiere? –precavido el corso, ni siquiera intentó hablar- y el pasajero mostró sus sellos y le hacía señas que eran para él, y el otro que los miraba con extrañeza pero sin disgusto. Uno especialmente, le llamó la atención. La impresión en huecograbado mostraba la bandera norteamericana y una cara agrisada y letras negras. La combinación de colores llamó la atención del corso. El intruso captó el brillo de sus ojos de color azul y extendió el sello. Mientras el otro agradecía inclinando un par de veces la cabeza, el pasajero tomó otro sello, se lo llevó a la boca remedando un lengüetazo e hizo como si quisiera pegarlo en un sobre imaginario. El corso abrió los ojos desmesuradamente –qué otra cosa podía hacer- e intentaba entender. El pasajero repitió varias veces la acción y luego –como si fuera una pálida imitación de un gag de Chaplin- ahuecó la mano izquierda y con un dedo de la derecha revolvió el contenido, también imaginario. Los ojos del corso no salían de su asombro pero el viajero –sintiéndose dueño de la situación- repitió tantas veces la mímica que terminó yéndose con la harina envuelta en una hoja de almanaque, la correspondiente al mes de octubre de 1938.

En Montevideo, el día veintinueve de ese mes, el décimo del calendario gregoriano, un ratón innominado fue noticia al ocasionar un cortocircuito de tal magnitud, que buena parte de la ciudad quedó a oscuras. Durante unas horas, mientras los operarios de la usina eléctrica localizaban la falla del sistema, la redacción de “El Pueblo” se convirtió en un campito de fútbol con una improvisada pelota de papel que permanentemente hacía peligrar la mortecina luz de media docena de velas, según el grado de torpeza de quien efectuara el disparo. El ratón, sin embargo, sacó de apuros al secretario de redacción que dedicó la cabecera de la página 3 del diario, la más importante luego de la primera si es que el lector es metódico y hojea el periódico como Dios manda.

Nunca se supo por qué los padres eligieron Fritz y no Friedrich como indicaban las costumbres de la época. Sus documentos alemanes lo registran así, desde el 15 de febrero de 1913, en que nació en Dinslaken. Quizás los padres no dieron excesiva importancia al Registro Civil porque el país estaba distraído con su poderío militar y pronto desencadenaría la primer guerra mundial del siglo veinte. Quizás las urgencias de la granja y las demandas de la única vaca, impedían las elucubraciones que no estuvieran establecidas de antemano por la disciplina que fija el trabajo cotidiano.

En la cabina Trude, la hermana, ayuda a pegar las letras; la portada del album ya está diagramada y con lápiz ha dibujado un recuadro de nueve centímetros por quince reservado para la foto, en verdad una postal que la Société Générale ha impreso con la leyenda “Mendoza” et “Alsina” y que entrega a los pasajeros para que estos tachen con tinta negra el nombre infiltrado. Ambos ordenan las fotos y ahí están, las últimas excursiones con amigos -“Ein kleiner Waldspaziergang zu Viert”, dirá la leyenda de una de ellas, algo así como “Pequeño paseo por el bosque de a cuatro”-, los que ya se habían ido a Toronto, a Porto Alegre; las de la enfermera –correspondida con una secuencia de tres- y también las últimas instantáneas tomadas especialmente en un Foto-Atelier con los rostros de los padres y de Lisbeth, la hermana. Los que no han viajado. Las razones de su permanencia en Dinslaken quedarán siempre encerradas en una nebulosa. ¿Las amenazas de Hitler eran pasajeras? ¿Razones económicas? ¿Lisbeth que se quedó a cuidar de los padres? ¿Los padres que se quedaron a cuidar de Lisbeth -la pobrecita- como siempre decía Trude?

El maestro Erich Kleiber dirige a la orquesta sinfónica del Sodre con la Sinfonía Inconclusa de Schubert y la número ocho de Beethoven. Lástima que Leo, que tanto disfruta de la música, no haya llegado aún a Montevideo. Él acaba de ingresar a la cabina con el “Mendoza” et “Alsina” en una mano y es el que ha pagado los otros boletos, el de su novia y el de Fritz. Su viuda diría sesenta años después que tenía algo de dinero, como justificando el viaje en primera clase.

22 de noviembre. Finalmente el puerto de Santos. El calor obliga a usar trajes livianos y sombreros para protegerse del sol. Mientras el “Mendoza” maniobra, la mujer y los dos hombres (en realidad, todos son muchachos de veintipocos años) amansan la ansiedad con la hamaca que los marineros han instalado en la cubierta aprovechando el buen tiempo. Fritz alcanza la flamante Zeiss Ikon de fuelle a otro pasajero y la instantánea será incluida en el album cuando haya tiempo de revelar el rollo. En tierra firme sus ojos descubrirán las palmeras –Áclick!- y el exotismo exhibido en las paredes del Reisebüro de Josef Waldbaum: allí está la negra resplandeciente, jovencísima–Áclick!- de sonrisa abarcadora, de blanco con un blanco atado de ropa sobre su cabeza –otra vez Áclick!-, posando alegremente para la cámara. ÁAsí que ésto es Süd-Amerika!

Al día siguiente, “El Pueblo” dedica tres páginas a las noticias de Alemania. La primera hace reflexionar al periodista acerca de la falta de imaginación de algunos colegas para titular:

“SIGNIFICATIVA FRASE DE A. HITLER”

Mientras se pregunta cuál será esa frase, lee en las siguientes páginas:

“Arrestan judíos aún”

 

“PELIGRARON LAS RELACIONES ANGLO-GERMANAS”

Sin embargo no tiene tiempo de leer esas noticias inquietantes. Debe repasar el contenido del sobre dedicado al general Ventura ya que “la dirección” ha ordenado una entrevista al militar retirado; ahora sí quiere hablar.

...En Montevideo comenzará la pena junto a la alegría. Por eso en su album, destinará una página para no olvidar la llegada al Uruguay...

Ahora los pasajeros ya han resignado sus ojos de sorpresa. Hace dos días que dejaron Santos y el lejano borde de la costa se ha vuelto tan tedioso como el cruce del océano. El destino se acerca pero no quieren contar las horas para evitar la ansiedad, imaginarse los contratiempos que pudieran suscitarse con los funcionarios de Inmigraciones, aunque el cónsul en Génova aseguró que todo estaba solucionado; el idioma –esa desconocida lengua que tendrán que aprender lo más rápido posible, si es que quieren sobrevivir ¿y por qué están huyendo, si no es para sobrevivir? Todavía sus rostros muestran la alegría de la aventura, todavía se ríen con la barriga, espontáneamente. En Montevideo tendrán las noticias. En Montevideo comenzará la pena junto a la alegría. Por eso en su album, Fritz destinará una página para no olvidar la llegada al Uruguay: recortará el escudo, el Artigas de Blanes, una bandera (diminuta) de tela azul y blanca que regaló el primer paquete de cigarrillos “La Paz Suave” y un retrato del presidente Baldomir. Gestos de agradecimiento hacia el país que lo recibía –por más que el Presidente no se enteraría nunca, del mismo modo que aquel recién llegado ignoró que el general-arquitecto había estado ese sábado en la bahía, temprano en la tarde, contemplando una carrera de regatas. Al día siguiente, todos los diarios consignarían la importante actividad del primer mandatario.

La entrevista al general Ventura nunca llegó a realizarse. Por eso, hoy está aquí con un fotógrafo, muy cerca del general-arquitecto, mientras los remeros del Rowing se desplazan por la bahía. Antes había leído la noticia del puente sobre el Tala. Justo cuando el auto de Lindolfo Ventura cruzaba el arroyo, al general se le ocurrió abrir su puerta para tirar la colilla de un cigarro. Como no la podía cerrar, el hijo quiso ayudar al general dejando libre el volante; el vehículo se estrelló contra unos pilares del puente. Resultado: los dos ocupantes muertos; un final poco glorioso para un general del Ejército Nacional.

Ahora que están frente a la hermosa bahía en la luminosa tarde que se apaga -una ciudad para vivir, se dicen, como si tuvieran otra opción- y que han abandonado definitivamente las cabinas del “Mendoza”, saben que el viaje ha terminado. El insoportable sonido de la sirena quita trascendencia a aquel lugar común y adquiere otro sentido ya que para los tres es la confirmación de que están lejos de Alemania, a salvo de los alemanes. Pronto la correspondencia acumulada en Poste Restante se encargará de ponerlos al día. Papá bien, mamá también, Lisbeth como siempre; en menos de un mes la situación se ha agravado, nadie sabe en qué terminará esto. También viene un trozo de periódico: 10 de noviembre, la sinagoga de Essen, una de las más hermosas de Europa, fue incendiada “por los vándalos pardos”, dice, aludiendo al color de los uniformes. En su lugar, han hecho un parque.

El periodista no llegó a entrevistar a ningún pasajero del “Mendoza” porque el oficio tiene sus reglas no escritas y una de ellas dice que para ser objeto de noticia hay que hacer algo, aunque esté reñido con eso que llaman la ley. La vida de la gente común aburre a la gente común que compra diarios. Sin embargo, detrás de la sonrisa con la que descubrían las calles de la ciudad, estos emigrantes ¿alemanes? ¿judíos? ¿qué eran en realidad? venían con una historia que poco después –ya inmigrantes- se convertiría en dolor permanente. Cuando “El Pueblo” cerró –su apoyo al dictador Terra sería un lastre en un país alineado con los aliados-, el periodista ofreció sus servicios a otras redacciones. En una de ellas hizo, finalmente, carrera. Se jubiló como Jefe de Policiales y su largo anecdotario debió ser soportado, una y otra vez, por jóvenes periodistas que coincidían con él, en la cantina de la Asociación de la Prensa.

La correspondencia con Dinslaken es regular hasta que el primero de setiembre de 1939, Hitler invade Danzig iniciando la segunda guerra mundial. País en guerra, país con censura desembozada. Los sobres traen una tira de papel engomado con una inscripción en letra gótica, “geöffnet”, abierto, y un sello con el águila nazi que dice “Oberkommando der Wehrmacht”, el comando general del Ejército. Ya en los cuarenta, una carta enviada desde el Uruguay a Dinslaken a través de Argentina que era país neutral, será devuelta meses después a su remitente con esa tira de papel engomado y un muestrario de un peregrinaje inútil: dos estampillas argentinas –una de cuarenta centavos y otra de cinco-, “geöffnet” y cuatro águilas nazis con la correspondiente rúbrica de la Wehrmacht, un “Examined by” de la censura británica, y un solitario matasellos de la Deutsche Post, sucursal Dinslaken, constatando simplemente que aún en guerra se podía ser eficiente, al menos en ese momento, en que el Ruhr y sus fundiciones de acero no estaban en la mira de los bombarderos. El sobre será guardado por Fritz hasta su muerte como memoria viva del frustrado y último intento de comunicarse con sus padres.

...se aficionó al mate, trabajó como cargador en el puerto, vendió corbatas en las calles, instaló un almacén...

El remitente hizo sus primeras changas, balbuceó el castellano, se aficionó al mate, trabajó como cargador en el puerto, vendió corbatas en las calles, conoció un paisano que le hizo un préstamo para instalar un mínimo almacén-ramos generales cerca de La Tablada. Trude y Leo viajaron a Paysandú, trabajaron haciendo camisas –él las cortaba, ella las cosía- y allí se casaron. Necesitaban saber y cuando pudieron, compraron una radio para escuchar la BBC (en alemán). Los vecinos, preocupados por la intrusión de la temible lengua, denunciaron y la policía sanducera llamó a oficiales de Inteligencia de Montevideo que allanaron el apartamento en busca de la pareja nazi. El trabajo no abundaba así que, al poco tiempo emigraron nuevamente, a Buenos Aires, que una ciudad grande siempre ofrece más oportunidades.

Nadie le decía Fritz: primero fue el Gringo y luego el apodo coexistió durante décadas con el de Federico, que así figuraba en la cédula de identidad. Pudo pagar el préstamo, conoció a otra alemana como él, noviazgo, casamiento, luna de miel, año 1941, también noviembre. La historia tiene tantas versiones, según quien la cuenta. Pero todas coinciden en que Papá, Mamá, Lisbeth fueron deportados sin destino alguno. Según unos –quizás sea una fabulación- el segundo día de la luna de miel llegó una carta de despedida arrojada desde el vagón de un tren y remitida a Uruguay por manos anónimas. Otros dicen que separaron a las dos mujeres de Papá y que hubo vagones para Auschwitz y para Birkenau. Otros señalan que los tres murieron en un campo de concentración de Riga. Quizás la nebulosa que encierra ese final no sea casual porque, ¿qué importancia tienen los detalles en éstos casos? Nadie dudó que fueron unos de los tantos nombres y apellidos entre los millones de muertos en los campos de concentración nazis.

Para el resto de sus días, Federico no necesitó de Caronte y sus técnicas de retención de los recuerdos. Él recordaba. Pero lo hablaba poco. Cada vez menos, a medida que corrían los años. Llegó a olvidarse, sí, del itinerario que había usado para abandonar Dinslaken y llegar a Génova, pero no de sus padres. Por eso, la explosión de furia contenida durante tantísimos años, la alegría por la impunidad transgredida, cuando las radios anunciaron que agentes israelíes habían secuestrado a Eichmann en la Argentina. Por eso necesitaba maquillar su mirada siempre triste y buscaba la risa y no se perdía ninguna película de Luis Sandrini.

Años después reflexionaría sobre la circularidad de la vida, cuando un hijo suyo –exiliado en Australia- le escriba una carta diciendo “Hoy 13 de marzo de 1981 debutó aquí en Sidney, Alfredo Zitarrosa. Cantó para los uruguayos. Le pedimos `Mariposa Negra' y así lo hizo”.

Mario Jacob
©2000

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